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Lección N° 21 “Agonía sobre la cruz”

Sábado 27 de mayo de 2017


“Su Salvador había sido rechazado, condenado y clavado en una cruz ignominiosa. Los sacerdotes y gobernantes judíos habían declarado en son de burla: ‘A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él’. Pero esa cruz, ese instrumento de vergüenza y tortura, trajo esperanza y salvación al mundo. Los creyentes volvieron a estrechar filas; su desesperanza y su consciente sentimiento de desvalidez habían desaparecido. Fueron transformados en carácter y unidos con los lazos del amor cristiano” (Testimonios para ministros, pág. 67).


Mucho más que dolor físico


Mientras Jesús pendía de la cruz, ¿qué otra tortura infligieron los hombres sobre Él? ¿Qué comentarios denigrantes hicieron algunos sin tener el más mínimo conocimiento de lo que significaban las palabras del Salvador?


Mateo 27:39, 40 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, 40y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz.

“Muchos serían seguidores de Cristo si él descendiera de la cruz y se presentara ante ellos en la forma en que ellos desean. Si viniera con riquezas y placeres, muchos lo recibirían alegremente, y se apresurarían a coronarlo como el Señor de todo. Si sólo pusiera a un lado su humillación y sus sufrimientos y exclamara: ‘El que quiere venir en pos de mí, agrádese a sí mismo y goce del mundo y será mi discípulo’, multitudes creerían en él. “Pero el bendito Jesús no vendrá a nosotros en ninguna otra forma, sino como el manso y humilde crucificado. Debemos participar de su abnegación y sufrimientos aquí, si queremos tomar la corona en el más allá...” (Nuestra elevada vocación, pág. 290).

“Los maestros del pueblo habían incitado a la turba ignorante a pronunciar juicio contra Uno a quien muchos no habían mirado hasta que se les instó a que diesen testimonio contra él” (DTG, 696).


¿Estuvieron los principales sacerdotes y líderes judíos más interesados en saber sobre las profecías que hablaban del gran sacrificio del Cordero de Dios o en escarnecerlo?


Mateo 27:41, 42 De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: 42A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él.

“Jesús, sufriendo y moribundo, oía cada palabra mientras los sacerdotes declaraban: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos”. Cristo podría haber descendido de la cruz. Pero por el hecho de que no quiso salvarse a sí mismo tiene el pecador esperanza de perdón y favor con Dios” (DTG, 696).

“‘A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar’ (Marcos 15:31). Precisamente porque Cristo no se quiso salvar, el pecador tiene esperanza del perdón y el favor de Dios. Si al tratar de salvar al pecador Cristo hubiera fallado o se hubiera desanimado, habría concluido la última esperanza de cada hijo e hija de Adán. Toda la vida de Cristo estuvo señalada por la abnegación y el sacrificio, y la razón por la cual hay tan pocos cristianos a carta cabal se debe a que la complacencia propia ocupa el lugar de la abnegación y el sacrificio” (Cada día con Dios, pág. 234).


¿Sabían los líderes religiosos las profecías concernientes al Mesías? ¿Qué se demuestra mediante el hecho que estos hombres hablaron las palabras exactas que la profecía puso en la boca de los incrédulos?


Mateo 27:43 Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios.

Salmos 22:7, 8 Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: 8Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía.

“Mientras se burlaban del Salvador, los hombres que profesaban ser expositores de la profecía repetían las mismas palabras que la Inspiración había predicho que pronunciarían en esta ocasión. Sin embargo, en su ceguera, no vieron que estaban cumpliendo la profecía. Los que con irrisión dijeron: ‘Confió en Dios: líbrele ahora si le quiere: porque ha dicho: Soy Hijo de Dios’, no pensaron que su testimonio repercutiría a través de los siglos. Pero aunque fueron dichas en son de burla, estas palabras indujeron a los hombres a escudriñar las Escrituras como nunca lo habían hecho antes. Hombres sabios oyeron, escudriñaron, reflexionaron y oraron. Hubo quienes no descansaron hasta que, por la comparación de un pasaje de la Escritura con otro, vieron el significado de la misión de Cristo. Nunca antes hubo un conocimiento tan general de Jesús como una vez que fue colgado de la cruz. En el corazón de muchos de aquellos que presenciaron la crucifixión y oyeron las palabras de Cristo resplandeció la luz de la verdad” (DTG, 696).


Gozo y consolación en medio de la pena y la tristeza


Sufriendo en agonía sobre la cruz, ¿qué dijo uno de los ladrones a Jesús? ¿Qué le dijo el otro ladrón, reconociendo su culpa?


Lucas 23:39-41 Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. 40Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? 41Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo.

“Durante su agonía sobre la cruz, llegó a Jesús un rayo de consuelo. Fue la petición del ladrón arrepentido. Los dos hombres crucificados con Jesús se habían burlado de él al principio; y por efecto del padecimiento uno de ellos se volvió más desesperado y desafiante. Pero no sucedió así con su compañero. Este hombre no era un criminal empedernido. Había sido extraviado por las malas compañías, pero era menos culpable que muchos de aquellos que estaban al lado de la cruz vilipendiando al Salvador… Penetró de nuevo en su corazón la convicción de que era el Cristo. Volviéndose hacia su compañero culpable, dijo: ‘¿Ni aun tú temes a Dios, estando en la misma condenación?’ Los ladrones moribundos no tenían ya nada que temer de los hombres. Pero uno de ellos sentía la convicción de que había un Dios a quien temer, un futuro que debía hacerle temblar. Y ahora, así como se hallaba, todo manchado por el pecado, se veía a punto de terminar la historia de su vida. ‘Y nosotros, a la verdad, justamente padecemos –gimió– porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos: mas éste ningún mal hizo’” (DTG, 697).


El ladrón arrepentido que reconoció la inocencia de Jesús, ¿qué pidió de Él? ¿Qué respuesta reconfortante recibió inmediatamente?


Lucas 23:42, 43 Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. 43Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

“Al ser condenado por su crimen, el ladrón se había llenado de desesperación; pero ahora brotaban en su mente pensamientos extraños, impregnados de ternura… Había visto y leído el título puesto sobre la cabeza del Salvador. Había oído a los transeúntes repetirlo, algunos con labios temblorosos y afligidos, otros con escarnio y burla. El Espíritu Santo iluminó su mente y poco a poco se fue eslabonando la cadena de la evidencia. En Jesús, magullado, escarnecido y colgado de la cruz, vio al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. La esperanza se mezcló con la angustia en su voz, mientras que su alma desamparada se aferraba de un Salvador moribundo. ‘Señor, acuérdate de mí –exclamó– cuando vinieres en tu reino’.

“Prestamente llegó la respuesta. El tono era suave y melodioso, y las palabras, llenas de amor, compasión y poder: De cierto te digo hoy: estarás conmigo en el paraíso” (DTG, 698).


¿Cómo se cumplió la profecía del Mesías al morir con criminales?


Marcos 15:27, 28 Crucificaron también con él a dos ladrones, uno a su derecha, y el otro a su izquierda. 28Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos.

Isaías 53:12 Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.

“Los ladrones crucificados con Jesús estaban ‘uno a cada lado, y Jesús en medio’. Así se había dispuesto por indicación de los sacerdotes y príncipes. La posición de Cristo entre los ladrones debía indicar que era el mayor criminal de los tres. Así se cumplía el pasaje: ‘Fue contado con los perversos’ (Isaías 53:12). Pero los sacerdotes no podían ver el pleno significado de su acto. Como Jesús crucificado con los ladrones fué puesto ‘en medio’, así su cruz fue puesta en medio de un mundo que yacía en el pecado. Y las palabras de perdón dirigidas al ladrón arrepentido encendieron una luz que brillará hasta los más remotos confines de la tierra.

“Con asombro, los ángeles contemplaron el amor infinito de Jesús, quien, sufriendo la más intensa agonía mental y corporal, pensó solamente en los demás y animó al alma penitente a creer. En su humillación, se había dirigido como profeta a las hijas de Jerusalén; como sacerdote y abogado, había intercedido con el Padre para que perdonase a sus homicidas; como Salvador amante, había perdonado los pecados del ladrón arrepentido” (DTG, 699).


Consuelo para su madre


En lugar de pensar en sí mismo, su dolor y su muerte inminente, ¿qué amor reveló Jesús cuando vio el rostro de su madre cubierto de dolor y lágrimas? ¿Al cuidado de quién la encomendó?


Juan 19:25-27 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena. 26Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. 27Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

“En el momento de morir, Cristo recordó a su madre… Juan comprendió las palabras de Cristo y aceptó el cometido. Llevó a María a su casa, y desde esa hora la cuidó tiernamente. ¡Oh Salvador compasivo y amante! ¡En medio de todo su dolor físico y su angustia mental, tuvo un cuidado reflexivo para su madre! No tenía dinero con que proveer a su comodidad, pero estaba él entronizado en el corazón de Juan y le dio su madre como legado precioso. Así le proveyó lo que más necesitaba: la tierna simpatía de quien la amaba porque ella amaba a Jesús. Y al recibirla como un sagrado cometido, Juan recibía una gran bendición. Le recordaba constantemente a su amado Maestro.

“El perfecto ejemplo de amor filial de Cristo resplandece con brillo siempre vivo a través de la neblina de los siglos. Durante casi treinta años Jesús había ayudado con su trabajo diario a llevar las cargas del hogar. Y ahora, aun en su última agonía, se acordó de proveer para su madre viuda y afligida. El mismo espíritu se verá en todo discípulo de nuestro Señor. Los que siguen a Cristo sentirán que es parte de su religión respetar a sus padres y cuidar de ellos. Los padres y las madres nunca dejarán de recibir cuidado reflexivo y tierna simpatía de parte del corazón donde se alberga el amor de Cristo” (DTG, 700).


Preguntas de reflexión


• ¿Hay algún indicio que Jesús se sintió avergonzado porque le habló un hombre condenado a muerte?

• ¿Cuánto tiempo tuvo que esperar el ladrón penitente para recibir el perdón de sus pecados y la promesa de salvación?

• Dada la inmediatez de la respuesta al ladrón, ¿qué confianza en Jesús debería caracterizar nuestra relación con Él?


Para estudio adicional


“Cristo era el Señor del cielo y de la tierra, y a pesar de ello se hizo pobre para que a través de su pobreza pudiéramos ser enriquecidos. Era semejante a Dios; no obstante se humilló a sí mismo y tomó la forma de siervo a fin de poder salvarnos. Dio su vida por nuestra redención.

¿Aceptaremos el sacrificio? El unigénito Hijo de Dios fue contado entre los transgresores a fin de que los seres humanos no perecieran sino que tuvieran vida eterna. La vida eterna será la herencia de ellos si consienten en humillar sus orgullosos corazones y participar de los sufrimientos de Cristo. Él soportó pacientemente la vergüenza, la burla y el desprecio para poder salvar a cada ser humano pecador que se aferra de El con fe viviente. Mientras pendía de la cruz, dando su vida por nuestra redención, sus asesinos se burlaban, diciéndole: ‘A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él’ (Mateo 27:42). Él podría haber descendido de la cruz; podría haber rehusado morir, pero estaba sufriendo para que el mundo, a través de Él, pudiera ser redimido de la pretensión y autoridad de Satanás. Mediante su muerte todos los que creen en El pueden tener vida eterna...” (Alza tus ojos, pág. 132).